miércoles, agosto 04, 2010

Nuestra primera pelea madre-hija


Anoche experimenté el famoso conflicto familiar madre-hija . Nos peleamos con Cata y fue una pelea que duró hasta hoy y aún, el ambiente sigue tenso. Ella me mira con cara de mala y yo la miro con cara de rencor. No es que no la quiera porque la adoro, pero anoche hubiese hecho una rifa. Como será que a mi, que no me gusta joder al padre porque me muestro autosuficiente, le pedí por favor que saliera de una cena para venir a casa a riesgo de un enfrentamiento feroz. El tema fue así: ella se mostró divina con cuanta persona vino a visitarla. Sonrió de acá, sonrió de allá y le hizo honor a la calificación que todos hacían de ella: "Es una santa". Así se mostró hasta que la última persona se fue de casa. Entonces se transformó: empezó a gritar y a llorar, a abrir la boca como una chancha y comprendí que tenía hambre. Le di de comer como cada noche y la metí en su cuna. Mientras mi pollo se calentaba en el microondas, junté su ropa, lavé la que se había ensuciado, repasé la mesa, ordené mi habitación, le pasé el escobillón al piso, terminé de cortar unas tarjetas y preparé la ropa que Cata se iba a poner al otro día. Hasta ahí todo muy bien. No hice más que sentarme extasiada frente a mi pollo con verduras calentito, cuando ella, alertada por el olor, empezó a gritar, y gritar, y gritar y gritar más todavía. No alcancé ni a levantar la patita del plumífero al horno porque la sentía llorar como Violeta Lo Re en cualquier programa de televisión (sin lágrimas pero llamativo). Y cuando ya no dio más tuve que correr a levantarla y de ahí en más todo fue grito y lágrima. Ella tenía hambre, yo tenía hambre y "con la comida no se jode". Famélica y sedienta le veía su cara de triunfo. Le duró un buen rato hasta que volví a acostarla para ver si podía regresar hacia mi pollo. Pero no...me sentaba...ella lloraba. En un momento me agotó y la reté y llamé desesperada al padre para que la asistiera y entonces, haciendome quedar como una histérica, volvió a ser la misma santa que había cautivado a todos los visitantes del día.
Se ve que conmigo le quedó cierto rencor porque hoy a la mañana hizo la misma tramoya justo cuando tenía mi taza de café con leche y tostadas calentitas para merendar. Y la tuve que levantar. Y se calmó. Hasta que me quise bañar. Y se puso a llorar. Y yo me puse a llorar hasta que alguien tocó un timbre salvador. Era mi papá que venía a ver que pasaba por estos lados. La pendeja no hizo más que verlo, trasmutó sus falsas lágrimas en impecable sonrisa y salió radiante con el abuelo a su casa, dejando atrás una madre que parecía desvariada, desquiciada e histérica, absolutamente agotada. Evidentemente, aun con sus doce días de vida, comprende que el objeto de conflicto en la vida de toda mujer es su madre. Y en este preciso instante me volvió a declarar la guerra....

PD: En breve contaré la previa a la llegada de Cata...si es que Cata me deja

4 comentarios:

El Pato Silva dijo...

Imagino a la señora del departamento de enfrente, leyendo este post, colocándose la mano frente a su boca (como tapándola) y esbozando risitas irónicas como las de Patán...

El Búho dijo...

Imaginas bien...

Anónimo dijo...

revelde como la madre!!!!!!!!!!!!!!
no???
besos
Ale

Anónimo dijo...

Ayy amiga! es asi, cada vez que te sientes...que intentes poner un bocado el la boca, el llantoo, hagan una cosa: coman juntas! Eli